Maoísmo, una historia global

Las miserias del comunismo parecen no terminar nunca. Una de las principales características del maoísmo según la historiadora británica Julia Lovell fue su incidencia internacional. Es por eso que en su libro Maoísmo: una historia global, la autora ofrezca un riquísimo mosaico de escenas y capítulos –que oscilan entre el fanatismo político, el colapso económico, la guerra fría, y el género de terror–, que cubren varios continentes y décadas, incluso llegando, inquietantemente a nuestros días. El maoísmo fue (y es) una mezcla de disciplina de partido (al modo leninista), rebelión anticolonial (un elemento propio del comunismo en China), combinado con un estado de “revolución permanente” y un culto secular al marxismo soviético que, pese a las distancias, ejercerá una potente admiración entre los comunistas chinos.

Para Lovell, este fenómeno político no únicamente permite aproximar una parte muy importante de la historia china sino también un elemento fundamental para entender el desorden político y el colapso social, insubordinaciones y rebeliones sucesivas, en los entonces llamados países del Tercer Mundo, en tres grandes escenarios: el sudestes asiático, África y Latinoamérica. Como puede verse, el libro es de una gran ambición. En clave China, la importancia del maoísmo es incontestable. En 1935, Mao ya había maniobrado para colocarse como uno de los líderes indiscutibles del Partido Comunista Chino (PCCh), y tras vencer una cruenta guerra civil contra los nacionalistas (tras una igual o aún más cruenta guerra de liberación contra Japón), iba a proclamar en 1949 la República Popular. Hasta entonces todo fueron parabienes para todo el mundo: Mao prometió a todos lo que querían oír, para aglutinar fuerzas, para luego imponer el mismo modelo soviético de partido único, colectivización, y fuerte represión contra cualquiera que pudiera hacer sombra al poder del Partido, o dentro del partido, a su figura. Todavía hoy, pese al fracasó estrepitoso de sus política, el Gran Timonel sigue siendo una figura básica dentro de la narrativa política de la china moderna, revindicado por Xi Jinping y elemento clave en la cohesión y legitimación del poder del PCCh.

A nivel global, y pese a que la narrativa de la historia mundial en la décadas posteriores a 1949 estuvo muy marcada por la Guerra Fría, lo cierto es que el hilo conductor del maoísmo constituye según la autora en una de las grandes historias de los siglos XX y XXI.

El maoísmo (como el marxismo) es un cuerpo orgánico de ideas contradictorias que tiene como principal distinción del marxismo su fuerte carácter de reivindicación nacional. Si en un principio la revolución comunista tuvo un marcado carácter internacional, Mao supo vender estas ideas en los países en vías en desarrollo enfatizando que las ideas de Lenin y Stalin debían adaptarse a la realidad nacional de cada país. Como aquellos, Mao implementó un férreo sistema de partido-único, al tiempo que eliminaba el imperio de la ley y la propiedad, que eran sustituidos por un “rule of one party”, alumbrando una de las formas más duras y crueles de totalitarismo. De igual forma, igual que los comunistas de todos los tiempos, utilizó la propaganda –de hecho la llevo a cotas a las que Goebbels no logró ni soñar– y la clásica retórica de “cuanto peor mejor”, como gasolina para la locura utópica de la revolución permanente. El dominio mental que ejerció Mao sobre la población con sus intensas campañas de propaganda, que arrastró a su gente a la mayor hambruna que ha conocido la humanidad, treinta dos millones de muertos, perfectamente documentados por Frank Dikötter o Jasper Becker en el clásico Hungry Gosths; más tarde, durante la Revolución Cultural, esta misma propaganda hizo que hijos humillasen y denunciasen a sus propios padres, hasta el punto de condenarlos a muerte en muchos casos. El maoísmo, entre otras cosas, fue uno de los intentos más ambiciosos de manipulación humana.

Muerto Mao, China dio un giro radical en el rumbo de sus políticas internas. La llegada al poder de Deng Xiaoping en 1978 supuso un giro de 180 grados para la población China: de la noche a la mañana, se relajó el control sobre las personas, se desmanteló el régimen comunal que durante años había estrangulado la productividad en el campo, y se permitieron los negocios privados. Con el tiempo, la economía se fue abriendo al exterior, y se sentaron las bases para el gran crecimiento económico que tuvo el país durante los 90s y 2000s y hasta nuestros días. Con todo, en el resto del mundo, el maoísmo todavía gozada de buena salud y constituía un potente acicate para guerrillas y movimientos revolucionarios a lo largo y ancho del hemisferio sur. En la mayoría de los países en vías de desarrollo de entonces, el maoísmo se posicionó como una atractiva “tercera vía” entre EE UU y la Unión Soviética. Sin embargo, esta tercera vía no iba a ser el camino de paz y progreso prometido. La guerra del Vietnam, la pesadilla que supuso para Camboya Pol Pot (formado en China y admirador de Mao) y los Jemeres Rojos, o Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, que literalmente destrozó el Perú durante años y del que los historiadores no dudan que de haberse impuesto como Pol Pot en Camboya, se hubiera repetido la misma pesadilla, o la revuelta comunista en Rhodesia del Sur, luego Zimbabue, arrasado por el comunismo y la inflación, no se entienden sin la influencia de lo que significaron las ideas maoístas, y cómo estas tuvieron la habilidad de viajar con gran efectividad a tierras totalmente lejanas y ajenas a China.

Pese al enorme dolor que causó Mao y el maoísmo, la idea que se tiene del dictador chino esta todavía idealizada; como sucede con el Che Guevara, todavía es posible encontrar gente que luce camisetas con la cara de Mao, cuando sería impensable que esto ocurriese con Hitler, o incluso Lenin o Stalin. Esto, advierte Lovell, puede interpretarse como un indicio de que los contemporáneos hemos relegado a Mao al pasado, sin riesgo de que sus ideas o herederos puedan resurgir de sus cenizas. Por eso el libro de Julia Lovell resulta tan oportuno, más en este tiempo nuestro en el que China esta en disposición de ejercer una cada vez mayor influencia en la economía y política del escenario global. Uno de los inquietantes diagnósticos en clave presente que ofrece Lovell es que Xi Jinping ha de verse como un neomaoísta. De esta forma, la autora británica cuestiona esta imagen que muchas veces quiere vender desde la propia China como un país ajeno a los objetivos de dominio global y que nunca se ha inmiscuido en el desarrollo de terceras naciones. El libro de Lovell desvela la intensa intromisión de China durante el maoísmo, así como algunas de las peligrosas derivas que con el mismo signo podemos encontrar en la China de hoy.

Este enfoque global del maoísmo, supone enriquecer el tradicional enfoque bipolar que caracterizó la Guerra Fría, y bebe en gran parte de la obra del historiador noruego Odd Arne Westad. Esto supone recuperar la silenciosa importancia de China durante las décadas de los 60s y 70s. Las ideas no acaban de morir del todo, de sus cenizas pueden rebrotar de nuevo llamas que creíamos ya apagadas; el lúcido y completo texto de Lovell analiza una parte muy importante del sustrato intelectual que ha determinado el desarrollo político de muchos países en vías en desarrollo, su lectura arroja luz sobre como se puede moldear la praxis política en China y otros países en los que ejerció una poderosa influencia.

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Luis Torras

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